Carolina del Norte y Marie Kondo

Después de mi viaje-détox a la India y de empezar a permitirme ir algo más despacio por la vida, una mañana, me llegó un “inofensivo” watsup, que, sin yo saberlo, iba a cambiar el rumbo (temporal) de la familia.

“¿Qué te parecería irnos una temporada todos a vivir a USA?. Ahora que no trabajas, todo es más fácil. Esta noche lo hablamos. Bes”.

¿Cómo???. La propuesta era totalmente inesperada pero no descabellada. De hecho, me gustaba.

Bastante. Mucho.

No tuve que preguntar dónde ni por qué. SuperPapi llevaba trabajando en un pueblo perdido de Carolina del Norte 10-15 días al mes, los últimos dos años. Y sabía que necesitaba más energía y tiempo en ese proyecto.

Intuía nuestro destino. Reagrupación familiar en la América profunda.

Antes de que llegara la noche, ya tenía mi listado mental de temas “a solucionar” en caso de irnos. Sólo necesitaba una fecha. La maquinaria planificadora, ya estaba en marcha… Sin embargo, la propuesta “definitiva” no llegó hasta casi dos meses después, tiempo en el que prácticamente me olvidé del asunto americano, pero cuando llegó de vuelta fue así de contundente:

“En seis semanas máximo, todo listo y los cinco allí instalados. ¿OK?”.

En aquellos días dejé de ver mis “dotes” organizativas como una carga que me hacía esclava de mi mente para pasar a verlas como una ventaja. Mientras que parte de la familia y amigos veían todo aquello como un estrés o directamente un horror, para mí fueron semanas de emoción, de ilusión y de hacer mucha piña familiar.

Pasaportes nuevos, permisos, visados, casa donde vivir, alquiler de coches, despedidas de cursos sin finalizar… todo era una a aventura, especiamente para PrincesaGran y PrincesaPetita. Me encantaba verles tan involucradas con los nuevos planes familiares.

Mis sensaciones de entonces tenían mucho que ver con las de años atrás, cuando iniciaba los preparativos para un viaje muy largo, con un presupuesto muy corto y la mochila llena a la espalda.

Unos días antes de que se cumplieran las seis semanas de plazo para irnos, allí estábamos los cinco plantados, con nuestra vida de los siguientes tres meses empaquetada en una maleta y una mochila cada uno, cerrando la puerta de casa y con las emociones a flor de piel.

Marie Kondo se coló en nuestra típica casa americana a los pocos días de llegar e instalarnos.

No podía haber llegado en otro momento. La armonía que trajo a mi vida el vivir con lo imprescindible le hizo presentarse en casa sin avisar y pasar a ocupar un lugar especial en mi atiborrada vida.

Leyendo “La magia del Orden” y “La felicidad después del Orden”, entendí el porqué de mi tendencia a almacenar de todo, mi apego a las cosas materiales y por qué en mi casa, pese a ser una maniática del orden, nunca tenía la sensación de que las cosas estaban en su sitio.

También entendí que en mi obsesión por mantener el orden “externo” había una necesidad imperiosa de poner orden “interno”.

Marie Kondo me hizo ver que el orden depende de valores extremadamente personales sobre cómo desea uno vivir y que cuando pones orden “real” en tu casa, tu vida cambia drásticamente. Por eso, según ella, la organización (también la mental) debe empezar por la eliminación.

Interesante.

“Pero empezar a eliminar sin planearlo con anticipación, sería ponerte en el camino del fracaso antes de empezar. Mejor, empieza por identificar primero tu objetivo”.

Marie Kondo utiliza estas palabras para referirse al orden de casa, pero cuando yo leí sus libros, no pensaba sólo en la organización de mi casa, pensaba sobretodo, en cómo me había puesto a “eliminar” cosas que no me gustaban de mi vida sin haber pensado previamente en mi objetivo final.

Como siempre, orientada a la acción. Pero…

¿Qué era lo que me motivaba a poner patas arriba mi vida?. ¿Qué esperaba alcanzar con todos esos cambios?. Antes de desechar o eliminar nada, tenía que darme tiempo para pensar en todo esto con mucho cuidado.

Visualizar mi estilo de vida ideal. Cómo, dónde y rodeada de quién quería vivir. Cómo olería mi casa, con qué colores la decoraría. Qué tipo de trabajo nuevo deseaba, qué actividades planificaría en mi tiempo libre incluso como vestiría. Pensar en todo ello de una manera mucho más profunda y concreta para poder imaginar vívidamente como sería vivir de verdad en mi nueva vida.

Y tenía tres meses por delante, en un pueblo perdido de Carolina del Norte, para disfrutar de la nueva experiencia, para visualizar mi yo del futuro y para hallar respuestas a todas estas preguntas.

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